jueves, octubre 28, 2010

Para abajo

Para abajo
donde están las raíces
de los árboles y las cosas
donde se dan todos
los pasos, y se abordan
los caminos, donde se dejan
las huellas, donde están los pies.

Para abajo
donde están las personas
que cuando son muchas
se hacen pueblo.

Para abajo
que te estamos esperando
con la mesa ya servida
con los perros y las historias.

Para abajo
te lo decimos con la fuerza suave
de dos manos que, una arriba de la otra,
empujan juntas para abajo.

Tenés que ir para abajo
que ahí abajo
y a la izquierda
está el corazón.

miércoles, septiembre 29, 2010

Yani corre desde Cerrito hasta Yuquerí

A la una llego del colegio y me duermo una siestita.
Mamá lo repite siempre:"Yani descansá.
Entre las dos y las cuatro o cinco el sol te va a rajar toda la humanidá"
En Cerrito las calles son lindas, con su pasto crecido
y señoras en reposera haciendo la tarde.
Entonces corro. Sintiendo que atravieso todo Entre Ríos
y meto pata en carrera contra los vampiros.
Una vez soñé que corriendo llegaba al centro
de un pueblo que está medio lejos,
creo que en otra provincia
o en Paraguay.
Ahí estaba Mariana, que era mi mejor amiga
cuando chiquitas jugábamos a las mamás.
Tenía las manos llenas de sangre
y un bonete de cumpleaños.
Nos abrazábamos.
A veces cuando entreno creo que estoy por llegar
hasta el lugar donde está Mariana pero para eso hay que cruzar:
la circunvalación
la YPF, donde está el ACA,
y el campo de García (que tiene unos perros requete malos,
te chumban aunque vos nomás estés pasando).

A veces,
para ganar en las carreras
me acuerdo de mi amiga
con bonete y abrazándome.

Así corro más rápido que todas.

miércoles, septiembre 22, 2010

Partes de una carta para Julia

"Te escribo hoy, más o menos un mes antes de que salgas de la madriguera calentita que ahora te contiene.

(...)

Te escribo antes de que mi vida cambie de un momento a otro, y para siempre.

Te escribo porque desde que supe que ibas a llegar, no dejé de pensar en vos, ni en cómo serías, en los días en que juguemos juntos, en el momento en que nos metamos al mar, en tu llanto y en tu risa, en tu cara y en la de tu mamá. Tu mamá, tampoco dejé de pensar tu mamá. En lo increíble que es, en lo mucho que vas a disfrutar que sea ella, y no otra, tu vieja. Tampoco dejé de pensar en ustedes dos juntas, corriendo por ahí, subiendo por un cerro, o acariciando un perro, o durmiendo una siesta cordobesa. No sé, muchas cosas que nos gustan, y que nos van a gustar muchísimo más con vos.

Porque desde ese momento (en el que supe que ibas a llegar) exploté hacia mil direcciones y la idea de tu presencia trajo una fuerza casi mística, que me sumergió en un torbellino (digo mística porque uno, aunque lo sabe, no puede ver de dónde viene). Puse en cuestión todo lo que había hecho en mi vida, las cosas que creía que estaban bien, y también las otras, esas de las que no me enorgullezco. Pensé en qué estaba haciendo, qué quería para vos y para Lu. Agarré toda la energía que tenía, que estaba toda dispersa de a poquitos en un montón de lugares, la puse toda junta y en dirección futuro y con viento de cola, la enderecé como a un barquito hacia buen puerto.

(...)

Desde que fui chiquito sabía de vos. Pensaba en vos aún sin saber siquiera si ibas a existir algún día. Pensaba en vos y no sabía que estaba pensando en vos.
Como una vez que estábamos con tu mamá en lo de los abuelos Laura y Carlos, era verano y faltaba muy poquito para que nos enteráramos de vos. Yo le había dicho a tu mamá que quería vivir con ella, pero como éramos dos almas libres al toque nos dijimos que más adelante, que era muy apresurado y qué se yo qué más. Yo me hice el macho y en seguida me corrí del lugar del tipo entregadísimo, pero en realidad quería vivir con tu vieja con todas mis ganas. Y en ese momento, creo que incluso vos ya estabas en la panza de Lu, le dije que siempre había tenido una certeza acerca de mis futuros hijos: iban a venir de golpe, sin pedir permiso, plantándose, como todas las cosas grossas de la vida. Supongo que tu mamá mucha bola no me dio, pero en seguida llegaste vos y fue así como yo pensé que iba a ser, tan de sopetón como increíble.

(...)

No puedo creer que vayas a ser mujer. Siempre quise convivir con mujeres, yo que tengo todos hermanos varones. Toda mi vida soñé con las bombachas colgando de las canillas de la bañadera.

Te escribo ahora que estás por venir y en casa estamos preparando todo para que seamos tres. Además, vamos a vivir durante un tiempo en la casa que era de mi abuela Betty. La abuela Betty era una recontra masa. Ya te voy a contar cosas de ella.

(...)

Bailás la conga en la panza y me atraviesa un terremoto de ganas de abrazarte.

(...)

¡Salí rápido, Julia!"

jueves, agosto 26, 2010

Camino

Para ellas

Hacen falta toda la tierra
y las piedritas
las que intrusan las zapatillas
y el polvo que se pega
al entrecejo.

Hace falta el olor a gasoil
los dos días que duran
las gafas berretas, los
baños con olor a pozos
y la comida casera.

Hace falta que el switch
a veces, apunte para donde
no tiene que apuntar, porque
sólo así se siente una mano o pata
repleta de dedos
que lo acomoda.

Todo
para que, como fluyen
las rutas de buen puerto,
el camino se extienda
cada vez más ancho.

viernes, julio 23, 2010

Naranja



Con una mano en cada barra platinada allá en Maciel, Maia inunda la isla que habita desde que una casa fue su casa y un camino fue definitivamente un surco para dejar de caerse con la cabeza y empezar a resbalarse con los pies. Es de tarde y un sol de refilón hace que cada paso contenga la fuerza de lo naranja. Porque ahora que todo es más anaranjado Maia se dice en silencio que ya no puede dejar escapar el duelo. Tiene que aceptar. Aunque la sopa paraguaya y el tereré con cáscaras de mandarina le hayan dado ganas de hacer caca, justito en el mismo momento en que tiene que levantarse de la silla, asir las barras de metal frío e intentar volver a caminar. Justo cuando todo brilla.


Está tan linda Maia en Maciel que no se sabe quién es más naranja, si ella o el sol, que en los veranos de la Isla brilla más fuerte que en el mismísimo Ecuador.


Mientras, Robi la mira y piensa en lo linda que está Maia. Con el estetoscopio que ya no usa y que colgando con dirección centro de la tierra, le recuerda lo tan a medio terminar que dejó la carta, lo muy abierto que quedó el sobre con destino Yuquerí, Corrientes, Mariana, picada común o especial, increíble oferta sólo por esta tarde, a través de los altavoces carrasposos que ahora carga el techo del Fiat Duna sobre el polvo, donde antes había estado su casa y Mariana. O Mariana y su casa, que son la misma cosa. Y cómo la extraña. Pucha, cómo te extraño, Mariana.


Tiene que escribir la carta de nuevo.


Mientras tanto, otra vez y anaranjada, se cae Maia.

martes, junio 29, 2010

Magia y laberinto

Abriendo un espacio claro
zamarreando el pedregal
sinuosamente y entre sueños
es un camino de cedrones
que sazona cada paso
resoplado con esos labios
de fantasía.

Su contorno es suave
y las gotas que derrama, tibias
nacidas para apagar la oscuridad
que habita las curvas de un laberinto.
La magia de su borde me desliza
toda vez que tropiezo con una piedra
que no existe.

Le debo mi pensamiento porque
mi crecimiento se debe a su costado
afianzado en un combate contra los fantasmas.

Estiro mis manos hasta sus huellas
porque quiero sumarle mi estela a su trazado
y así parir un dibujo nuevo, proyectado hacia el futuro.

miércoles, junio 23, 2010

Bombachas colgando

Se acordaba Lola:
cuando me sentaba
a mirar el río entero
o alguno de su brazos
suspendía las palabras
para arropar con la mente
una bañadera repleta
de bombachas colgando
de sus canillas y cortinas.

Estaba tan lejos
que ni siquiera importaba
pero de alguna manera extraña
ya lo sabía.

Ibas a venir
a juntar mis días.

jueves, junio 17, 2010

Taba

Cuando ella se va empiezo a volar por un limbo ocupando el tiempo con obligaciones impostergables
que no son más que una forma de esperarla.

Porque ella es ellas. Es dos, dos mil, dos millones. Dos infinitos punto dos multicolores.

Cada paso que da en algún lugar de la tierra expande una galaxia perfectamente redonda sobre el total de la suma de cada una de mis partículas e incluso hacia arriba, abajo y los costados. En las zanjas, los parques, los bares y los bolsillos de los mozos. En los pelos que inundan los suelos de las peluquerías. Retumban sus pies con todo el peso de lo que está en camino, para dar vuelta el tiempo, como la taba.

Porque el que no cambia todo, no cambia nada.

Piel de gallo

Ahora todo empieza a ser lento.
Escribo lento
camino lento
pienso lento
cocino lento
cuento aviones lento
entre edificios lentos
trabajo lento
batallo lento
deslizo lento
burbujeo lento
toco lento
miro lento
chupo bombillas lento
lento recuerdo
cada partícula de los puntos que encierran
este mar que se mueve lento
extendido entre un chasquido y otro
entre la entrada y la salida
del refugio antiatómico que compartimos.

martes, junio 15, 2010

En las alturas y encallado

El camino en bicicleta por el barrio se hizo corto.
Los bólidos eran verdes, pintados por nosotros
y enroscados con cintas de colores para hacerlos
todavía más pulenta.

Las calles se iban corriendo para el fondo
como una película de nuestra infancia
el linyera en Hipólito era el mismo de siempre
con menos sol y más sombra de edificio.

Tanos en la calle vendiendo salamín
y la casa de Carolina era luz siempre de noche
Por el kioskito de Quito y Treintaytrés pasaba Hugo con su bondi.

Acá no hay Hipólitos ni Hugos ni linyeras
sólamente un millón de personas en cada cuadra.
Por suerte todas las noches me espera el barrio, en las alturas y encallado.

Colonia inglesa

Llueve
colonia
inglesa
sobre
Buenos
Aires
cuando
silencia
mirando
tormentas
nunca
antes
miradas
aunque
zapatos
de goma
galáctica
sueñen
con ella
en su cama
solamente
entran
estas
caderas.

jueves, junio 10, 2010

Tetas de nube, cosas, escencias

En este momento
hay dos personas
que sobrevuelan
cada rincón del tiempo:
una camina,
la otra flota.
Una habla,
la otra escucha
y se duerme
soñando con esas
tetas de nube
que presiente
y que le esperan.

Son grandes
(las personas
aunque también
las nubes).
Un segundo,
y son enormes.
Otro,
y son el mundo.
Cincelan el espacio
que antes estaba poblado
con nadas disfrazadas.
Quiero cortarme una
mano para dejarla adherida
al punto en donde se unen.

Mientras veo correr
unas patas del tamaño
de mis dedos
(una y otra vez
se sucede ese trajín
en mi memoria)
me castigo íntimamente
y en silencio porque a veces
no le paso ni cerca.

Les ofrezco un perdón tan grande
como el camino que tenemos
por recorrer.
Estoy aprendiendo de a poco
que yo soy cosa
mientras ellas
son escencia.

miércoles, junio 02, 2010

Cencerro

Adosé un magnífico cencerro
a mi cogote elástico y a cada pie
para que escuches cada paso
y sepas que me muevo
desde ahora y para siempre
por tu idea que ya es madera
y aire que recorre el pueblo
como un vapor de magia
adosado y tan cencerro
a cada metro de la extensión
de calles que supieron ser de tierra.

viernes, mayo 14, 2010

Tobogán

Si me paro en la punta y miro más allá
veo la iglesia de San Cayetano, la estación
a las personas que corren por Rivadavia
diciéndose palabras de amor y trabajo
las marquesinas inundadas de Liniers
juguetean con el plástico del pasado
manoseado entre las bolsas de Carrefour
que ruedan sin parar cuando corta Juan B Justo
amenaza con llover el mundo si me paro
en la punta más alta y me agarro del fierrito
curvo y enclenque, rojo y oxidado, mientras
un piso gelatinoso y celeste agita la mano
vestido con las migas que se te caen de la boca.

Ocurre que floto como aceituna en salmuera
cada vez que me regalás un tobogán.

jueves, mayo 06, 2010

Más cebollas

Golpeaba enana una puerta de vidrio
mientras dos adolescencias se inspeccionaban
había temblores porque el tren pasaba cerca
estábamos en Monte Grande a la hora de la siesta.

Transhumaban las carretas vendiendo verdura
gritando en altavoz oxidado la oferta del día
pero el campo nos daba más de los necesario
siempre que ella en su medio metro hablara.

Fue el crisol de razas
la madre purpúrea que me iba a olvidar
aunque ahora me dice que lucubra por ellas.

Papas como las del sur
no volví a oler desde que me fui cantando
sabiendo que una vida es cíclica, como cebollas.

jueves, abril 29, 2010

Todos los días

Entonces, un día de casi frío,
llegó el momento
en que empezaste
a planear
sobre la sombra
y la luz
(también entre las zonas de claroscuro)
de mis días.

Como lo importante
lo que se cuenta
con una mano
(y acaso sobran
dedos)
no se puede evitar
ni escupiendo con moco
cada sopa.

Tan palpable como ahora
que dormís con la boca
semiabierta
mientras pienso en que
nunca, nada,
supo apaciguarme tanto
como esa forma brillante
que tenés de estar.

Todos los días.

viernes, abril 23, 2010

Diez grados

Sostiene el mango de madera rugosa
entrando al borde de la explanada
mientras retacea los gestos de amor
como quien abre un paraguas antes de la lluvia.

Y con mirada distante de tortuga
hinca la hoja en el centro del riñón
que recibe la alimaña con un ruidito
como el de grillos que patalean la noche.

Clava porque busca
un rincón donde dormir.
Aunque tiene casa, pero es fría.

Gira los ojos hacia afuera
y gime, buscando un lunar
marcado en la punta del filo de la luna.

miércoles, abril 21, 2010

Pajonal

Sos un pajonal
tan densamente
enhebrado.

Que para entrarte
tengo que contar
hasta once.

Hacerme el guapo
y jugar a que no
me importa.

Pero qué va
si ya me desatornillaste
la armadura.

No tengo escudos
cada pajita
la siento en la carne.

Tan densamente
que adentro quedó
parte de mi sangre.

martes, abril 20, 2010

Irina como hablando

Irina llegó de Brasil cuando tenía dos años.

Su viejo la trajo en un viaje que duró cuatro días. El tipo se había enamorado de quien no tenía que enamorarse. Un día del peor abril, el de 1981, bajó los brazos, agarró a la gurisa y se fugó con rumbo sur.

San Pablo. Porto Alegre. Foz. Resistencia. Corrientes. Yuquerí. Córdoba Capital. Santa Fé. Rosario. Zárate. Constitución. Los dos durmieron mezclados con frutas, tabaco, café, porro y, sobre todo, ausencias. Juntos y abrazados, lloraban que mamá no estaba. Mamá, que era una turra. Una turra a la que amaban. Una turra a la que amaban y tenían que abandonar para no hundirse en la porquería como quien tiene un ancla adherida a un pie adherido a un zapato de plomo.

Alguien tenía para ellos algunas esperanzas, allá, en el conurbano bonaerense profundo.

En una casita de Burzaco, Irina pasó su infancia. Atrás de las casas brillantes de los Temperley, de los Adrogué y los Longchamps, entre manos tibias que la dormían todas las noches, aprendió muy rápido cuándo había que hacer sonar el cencerro, el movimiento de dedos más preciso para los repulgues, cómo jugar con los perros en las calles de tierra. Ya entonces se le daba por hablar sola bastante seguido. Normal en una nena, pensaban todos. Lógico.

La vida en Burzaco, después de que el viejo se muriera de puro curda y depresivo, se puso áspera y la historia es vieja. La piba estaba muy pero muy buena. Una brazuca mulatona de cabeza rizada, labios enormes, caderas anchas, cintura divina, buenas gomas. Cuando creció, largó la escuela y empezó a curtir la calle. Curtió la falopa. Curtió muchos viejos curdas y depresivos para curtir más falopa. Después se dio cuenta que no quería más falopa ni andar putaneando, que quería enamorarse del algún flaco medio pintón y de buena madera. Pero no sabía ganarse el mango de otra manera. Y siempre, todas las veces, hablando con el aire.

Se piró de Burzaco para alquilarse una pieza en Capital, cerca del Once. Pensó en seguir laburando en la lleca hasta que pudiera zafar. Tenía veinticuatro y seguía estando muy buena. Irina paró en la misma esquina durante diez años. Levantaba canas y tacheros a la noche, empleados del correo, tacheros y garcas de traje a la tarde, le tiraba un servis veloz y de onda a algún vecino por el temita ese de los códigos. Durante años se trincó a un cocinero que le hacía cornalitos y rabas que ella ponía en un plato sobre la cama. Se lo manducaba entero al mismo tiempo que el loco le entraba desde atrás, flotando en un frenesí afiebrado. La idea de zafar se le fue olvidando sin darse cuenta. Irina estaba preocupada por cosas más importantes.

Allá en la esquina del pasaje hizo pata ancha y tuvo épocas en las que encaró más falopa y más soliloquio, y otros momentos en los que le aflojaba a la mandanga pero no al monólogo. Las habladurías medio indescifrables, de corte yoruba, no amainaron nunca.

El 4 de enero de 2000 recontracagó a trompadas a un chorrito que estaba apretando contra la pared a Clarita, que vivía en el pasaje (donde todavía pasea su burra), tenía catorce años y tremendo zogaca. Con el taco aguja y en pelotas como estaba lo hizo correr hasta la Conchinchina. “¡Rastrero de mierda!”, le gritó Irina durante diez cuadras, con el zapato en la mano.

El 19 de diciembre de 2001 caminó derechito por Hipólito hasta la plaza. En Congreso le afanó un bidón de nafta a un perejil. Lo vació en la palmera y tiró el cigarro, justo cuando se venía encima la yuta.

El 26 de junio de 2002 se fue al puente peatonal de Sanchez de Bustamante y se quedó dormida transversalmente sobre el metal rugoso.

El 30 de diciembre de 2004, a las cuatro de la mañana, se sacó las botas y así nomás en patas les hizo un nudo para después tirarlas como un misil y dejarlas colgando del cable de luz. Siguen ahí.

El 9 de Julio de 2007 vio como empezaban a bailar los pompones blancos en el aire y corrió en una sola carcajada con todo su churrasco abierto, devorándose el cielo que se desgajaba en partículas de nube.

Siguió gatillando la pieza pero ya no dormía. Sentada en un umbral, rodeada de bolsas, hablaba y escribía en cuadernitos diminutos papiros interminables. Todo el día. Toda la noche. Irina implacable, como parte de la arquitectura de Almagro, dejó la falopa y el servis y se enamoró, nomás. Entonces decidió quedarse esperándolo.

Hablando con él.

Como hablando arriba de la bicicleta vieja.

Como hablando arriba de la bicicleta vieja que dibuja una franja en el camino de tierra.

Como hablando arriba de la bicicleta vieja que dibuja una franja en el camino de tierra que la lleva hasta el local en el centro.

Como hablando arriba de la bicicleta vieja que dibuja una franja en el camino de tierra que la lleva hasta el local en el centro, donde Mariana se calza los guantes de látex, enciende la sierra y aprovecha el ruido para descostillarse de la risa.

lunes, abril 19, 2010

Las manos transpiran

Capítulos completos caminando solo
dentelladas entre ombligos, y un caudal
de gestos acartonados como pájaros.
Ahora que todo explotó, y se parece
más al caos que a un mapa
busco con manos acuosas puntas
de sogas pendientes de un techo
que el oscuro no me deja ver
si es techo o es cielo.
"Sangre caliente, ¿y ahora a quién
le vas a echar la culpa, si sos
el que siente y nunca aprendiste a pensar?"

viernes, abril 16, 2010

Retrato

Una guarda simple es la forma de vivir otras realidades
una pared que se desgaja es la mejor manera de escribir
las libertades que quedan es mostrar que tantas faltan
aviones que cuelgan del techo es despegar al planeta
donde más dimensiones quiere decir más personas.

jueves, abril 15, 2010

Tucutúm

Tucutúm tucutúm tucutúm
ahí está, con una música nueva
refugiado del frío en su bolsa
una caja resonante con eco
que dice "tucutúm, estoy acá
descansando por vos, tucutúm
te escucho reír, tucutúm,
y me duermo, soy una frecuencia
constante de días que llegan
tantas mañanas tucutúm tu mano
me hace crecer y me expando
tucutúm soy tu verano más ancho
y continuás, tucutúm, en mí.
Para siempre".

miércoles, abril 07, 2010

Para no pensar en vos

Cargo en la boca entera
una tonelada de azúcar
tres mil palabras de las mejores
lechosos chocolates y cremas
árboles gordos, ríos quietos,
azafranados panes, cornetas
vestidas con polleras de colores
un pepino en cada dedo
y aceitunas tapándome las orejas.
Mastico picantes enteros
desordeno todo lo que encuentro
duermo con una pelota caliente
en la mano, salpimento el pelo
aflojo todas las bombitas, bailo
balanceándome para los costados
liviano como todo tu cuerpo
cuando flota y vibra cercano
encerrado en la misma cápsula
que yo.

Trapo

Es más fácil que la noche deje de recostarse sobre este pedazo de trapo cada vez que rueda, o que se canse el sol, a que deje de buscarla en cada rincón del panorama que me ofrece la ciudad y sus días. Porque miro en cada colectivo, en cada vagón ajado y rechinante de la línea A del subte, detrás de cada café. Busco una casualidad fortuita o el peso mismo de los cuerpos corriéndose inevitablemente hacia el centro de la Tierra. La busco para encontrarla como a una servilleta escrita hace años en el fondo de un bolsillo. Para traerla nuevamente hasta la orilla donde la dejé sola, tirando piedras e intentando que saltaran en sapito y no le salía y dale rosca para el costado y tirala bien al ras del agua. Para doblarla como a mis sábanas, para encenderla como a mis uñas todas las tardes, para escarbarla como a una oreja. Ella es el café con las enormes parcelas de pastos y yuyos concentradas en el diminuto fondo de la taza. Es una respiración que parece que habla la lengua franca, la lengua de todas las lenguas que nunca aprendí a decodificar. Era la posición invertida en que subíamos hacia una luna nueva que nadie conoció, era el mono que hacía piruetas adentro de una jaula en un cuadro terrible pero que nos arrancaba carcajadas y morisquetas. Por eso la busco cada vez que empieza el frío en Buenos Aires. Porque es pintar todo de rojo y amarillo. Es la pared con la que chocan mis ganas aniñadas de querer cambiar todo el pasado, que se redireccionan hacia el futuro porque ella es la flecha. Sopesando con las manos lo que nunca fue y lo que puede ser se inclina la balanza sin vacilación alguna, y la inclinación definitiva la ejerce ella con su ausencia. Porque su ausencia huele como los olores densos y francos de las materias primarias, de esas cosas con la que está construído el mundo.
Todos los días la encuentro, apelotonada, en cada pedazo del trapo que rueda.

sábado, abril 03, 2010

Gesto de vértigo

Qué lindo que es mirarte
el gesto de vértigo
en la cara entrecerrada
matizando las mañanas
entre el bailongo claroscuro.
Qué rico que se te pone
el gesto de vértigo
cuando amanezco terroso
de una noche entera
masticando jazz.

La señal

Hay días enteros en que está inmóvil.
No se queja, no sonríe, no gesticula, no dice, no explota, ni siquiera calla.
¿Le pasará algo? ¿Le pasará nada? Mientras crece a una velocidad
tan vertiginosa que ni ella se da cuenta, alrededor suyo un pilón
de terminales receptoras abren sus portales para captar las señales
que el brillo que la recubre hace suponer que va a emitir.
Un brillo que decía que se iba a comer el mundo.
Que iba a desenmarcar todas las obras y a desfasar
todos los mensajes lineales y unidireccionales
que se venden por dos mangos en cualquier esquina multiplicados
por infinito punto rojo.
Pero está inmóvil. No se queja, no sonríe, no gesticula,
no dice, no explota, no calla, ni siquiera está inmóvil.
Ni siquiera está.
Unas gafas que ahora comparten con zapatos viejos
el fondo de una caja de cartón habían sido los culpables del hechizo,
que ya no se puede romper y traduce cada segundo en fuerza progresiva
hacia un ansiado porvenir donde las bombas sólo explotan
en las conciencias de los hijos de puta y los tomates florecen
en los jardínes de los que merecen la protección de los más fieles y tenaces escudos.
Pero ella no sabe que esa tierra sólo se abona en la realidad si se rompe el hechizo.
Ella tiene que emitir señales, dijo Mariana.

Sueñero

Si no estuvieras flotando
en un mar dormido todo
hecho de persona, cambiaría
mi chupetín verde por un
par de alas emplumadas
para subirte a mi espalda
y llevarte volando hasta
la concavidad terrestre
sin pelos en el alma.

martes, marzo 30, 2010

Rompecabezas

Sentado en el furgón de un viaje de horas interminables, con las piernas colgando, cuando sobre una pampa extensa caía el sol, a la hora en que se puede percibir su movimiento, mientras un olor a café profundo y tabaco negro ambientaban mis días de adolescente revolucionado, sintiéndome invencible y viendo llegar a Peludo y Gabito, que se unían en el disfrute prolongado del mejor lugar de todos los trenes, pensé en vos.

En una laguna volcánica llena de agua turbia de un azufre que viene de los lugares que nunca jamás nadie pisó, rodeado de todos los que siempre quise y de algunos que supe querer en esos días y nunca más volví a ver, con un pitillo entre los dedos, cuidando que no se mojara de volcán, pensé en vos.

Mirando pares de piernas correr a través de la ventana del bar del Gallego, donde las mañanas estaban hechas de la más flexible materia que se expandía sobre las hojas y las tazas y los proyectos delirantes que charlábamos encendidos a toda máquina, primarios y complejos, sumergido en una pintura porteña inamovible del microcentro, pensé en vos.

En la terraza de un edificio que se erguía en medio de la olla que forma la ciudad de La Paz, mirando las luces amarillas que trepan por millones hacia los barrios populares, allá donde el pueblo es más pueblo que ninguno, viendo al mundo entero rodearme, pensé en vos.

Con la camisa desabrochada, la corbata en la mochila, los pelos sueltos, zapatillas donde zapatos, rebeldemente rateado y colgado frente al agua de los docks de un Puerto Madero recién nacido, fumando parucho tras otro y riéndome de mi asiento vacío en el colegio porque ya eran como las tres de una de esas tardes de abril que arropan los huesos, pensé en vos.

Tirándole con toda mi furia el candado a un caballo que cargaba un robot tan alienado que enemigo, rodeado del humo y las lágrimas y el fuego, de los olores a madera y goma, de trajes con corbata, uniformes de cheff, alpargatas y caras tapadas, al soltar mis proyectiles liberando con ellos todo el peso muerto de la historia, pensé en vos.

En un cañaveral cordobés, desnudo y con ranas croando en un coro multitudinario cerca de mis pelotas, sin que me importara en lo más mínimo, pensé en vos.

En colectivos semi vacíos de madrugada, caminando tantas veces por Almagro, pensé en vos.

Cada vez que miré el fuego,
la primera vez que escuché Artaud,
trepándome al gomero que estaba en casa,
mirando palomas a través de mi leche en la ventana de un piso doce,
pensé en vos.

Y ahora estás acá, agigantándote con cada paso, durmiendo o riendo o haciendo nada que es como hacerlo todo al mismo tiempo porque estás acá y te miro crecer.

Y entonces todos los capítulos se empiezan a ordenar.

sábado, marzo 27, 2010

Fuji

L. A. Spinetta

Para Panza


Has dejado noches, noches del adios.
La certeza de tus ojos cree que me voy

Has dejado un cielo para amanecerlo a la vez,
allí

Cruzas sólo puentes, puentes entre tí.
Las flores y el silencio son cosas de tu amor.
Has dejado un río, para atravesarlo a la vez,
allí.

Y es que me espera
y cobijo me dará
entre sus manos
hasta que luego venga Fuji
con el mundo.
Y me hace las señales con las piernas
desde un punto de la calle, desolada,
y es que puedo soportar esta distancia,
y es que te has impreso en mi como una luz.

Cruzas sólo puentes, puentes entre tí.
Las flores y el desierto son cosas de tu amor.
Has dejado un cielo, para amanecerlo a la vez,allí.

Y es que me espera
y cobijo me dará
entre sus manos
hasta que luego venga Fuji
con el mundo.
Y me hace las señales con las piernas
desde un punto de la calle, desolada,
y es que puedo soportar esta distancia,
y es que te has impreso en mi como una luz.

martes, marzo 23, 2010

Cero

No sabe que se acercan las seis de la mañana,
el camino de tierra hacia el pueblo, el látigo
del sol que se afirma. Aunque ya está con
los ojos abiertos y por la ventana se filtra
la primera resolana matinal del verano en el litoral,
da la espalda a las endijas de la persiana
y con los ojos abiertos está recostada sobre
una cama angosta cubierta con una sábana blanca.
El techo es bajo y está construido en picada.
El calzón blanco que la cubre es chico pero alcanza
para poner a salvo del ambiente la mata desnuda
que lleva por sexo. Tiene un pequeño corazón celeste
bordado en el centro, donde un relieve discreto
se pierde entre unas piernas largas y morenas,
que junta sin fuerza. Miles de pelos en armónico caos
se deslizan sobre sus hombros, arremolinados
por la humedad del ambiente. Dos tetas morenas y redondas
reciben el viento que un ajado ventilador de pie descarga
sobre ella entre un ruido oxidado y el canto creciente
de los pájaros. La única luz encendida es la de la bicicleta,
que apoyada sobre una estufa que nunca se prendió descansa
de tanto camino con su foco prendido porque la olvidó
y ya no quiso levantarse. Amanece y, tal como decía
la última línea del libro que Mariana leyó antes de dormirse,
ya está con los ojos abiertos.