busco algo que no quiero encontrar
encuentro algo que no quiero pero busco
en formato caracol avanzo al mar
y dejo una estela babosa en la arena
busco algo que no quiero encontrar
encuentro algo que no quiero pero busco
en formato caracol avanzo al mar
y dejo una estela babosa en la arena
Ahora vivo en el cuarto piso
y me desvivo por el silencio:
cargo agua para el mate
mientras camino el parquet;
lavo ropa como veterano de guerra
y ordeno todo en simetría.
Miro al rededor y percibo
soy un grano ínfimo en millares.
Hasta ayer: cada día, vida o muerte;
desde hoy: nada hay tan importante.
Atolondrado el corazón
pasado de día y noche
vive siempre en el derroche
como sin caparazón
es la pena una canción
que olvidé de tanto cantar
pues mi voz tiene en el mar
su carbón y su cerilla
la receta es tan sencilla
como estrellarse al amar.
Bajé las escaleras y estabas ahí
paradita sobre el frío de Flores
tan linda como siempre te imaginé
los pies a unos centímetros del suelo
los ojos ebullidos dos volcanes de fuego
nacida sobre el cambio de siglo
aquellos días de revueltas y asambleas
piecita de pensión, bizcocho matero
fuelle al estirarse, lime del futuro
¿qué te hizo llegar hasta la puerta
que abrí esta noche de mayo?
si apenas te había nombrado
un rato antes, después de siglos
Ariadna.
Cuando tenía treinta y cinco años
mi viejo estaba casado y tenía un hijo
con una mujer que en un momento se murió.
Creo que se estaba duchando o haciendo caca
en el baño del departamento de Yapeyú.
No me acuerdo su nombre. No sé si lo supe alguna vez.
Yo no había siquiera nacido pero
lo recuerdo como si hubiera estado ahí:
un imprevisto cambia todo, como viento del sudeste.
No sé cómo hicieron para guarecerse.
Pienso en los días nublados, las mañanas de sol
cocinar la cena, lavar a mano los calzones, fumar en la ventana.
Viví en ese departamento unos meses
cuando todavía era la amebita tierna que son los bebés
y la luz blanca alumbraba las flores rosas del empapelado.
Cada día que pasó ví a mi hermano
pelear contra los fantasmas con una caña de dos metros
pasar rasante sin hablar la misma tierra que yo pisaba.
Desde entonces siento cerca mío
la ausencia anunciada, la respiración del drenaje
esa fuerza tremenda de lo se agota en un segundo.
Después de todo siempre estamos solos.
Mami venga venga
que nadie la entretenga
quien la entretuviese
dolor de panza le viniese
cantaba Betty mientras yo
desde una altura indecible
miraba la Avenida Rivadavia
oscurecida por la noche.
Una distancia terrible
un fogonazo ancestral
la dimensión desconocida
atravesarla era magia negra
gualicho imposible pero igual
detonada de cansancio
llegabas hasta mí.
Busco los huecos
donde dejé olvidadas
las partes de Juan.
Desaté los nudos con vos, María.
Caminé aquella tarde de Agronomía
como único destino un sol vagabundo.
De feligrés me dibujé tornado
remolino de hojas secas mi Talar.
Compré una vela y una estampita
rendido a tus pies, imploré de todo.
Sabiéndote una diosa implacable
sensual de toda fe en tu altar.
Te entregué mi cuerda atascada
atiborrado en un amor que arde.
¡Bailemos, mery del barrio!
¡Santa diabla de mi cuore!
¡Espasmito dadivoso de miel!
Hay bingo en el club y yo
brillo de nuevo después de tu beso.
Llegó el día en que entendí
que el cuento quedó detenido
en un momento casi vintage:
yo cargaba un libro gigante
vos tenías las piernas en la mano.
Las había mirado tanto -atónito-
que tuve que hacer como si nada.
Hoy me arrepiento del silencio;
atenuaba mis brotes de palabras.
De nombrarlo todo
me quedé sin aliento.
Una sílaba quiere entrar
y rebalsa el corazón.
Todas las veces que te miré fueron de verdad
aunque hubiera una mosca en la sopa
a pesar de los nubarrones allá arriba
por más que la humedad nos arrebatara
siempre fue de verdad, saber de vos
quererte y hacerte mal también al querer
verte entera y rota otro día, mimarte
darte mis verdades en las manos
mostrarte mis heridas mal cosidas
tratar de entender tu historia
sentirme parte de la trama, una coda
un quiebre narrativo, un nudo más.
El tiempo nos pasa de costado
como un tren fantasma sin saber
si viene o si va, porque así es
como se hacen todas las cosas.
Hoy que leo tus palabras
otra vez, despupés de años
rememoro ese deseo feroz:
nos dio una hija y un hogar
Nunca te quise lastimar
mi amor es de verdad
se transforma y espero
verte feliz otra vez.
Quién no tuvo esos años
en los que las manzanas
cayeron verdes al suelo
antes de madurar?
Quién no se fagocitó
toda la carne viva
cada mañana al despertar?
Quién no rascó su piel
hasta brotar la sangre
sin notarlo todavía?
Quién no caviló cada paso
quién no detestó su sombra
quién no danzó con fantasmas
ni palideció ante su reflejo
en una ventana al azar?
Después de todo no es grave:
Pequeñas muertes anteceden
otros nacimientos vienen
cargados de futuro como un arma
dispuesta para nueva guerra.
Sobre el manto negro del cielo de Villa Pueyrredón la noche dibuja un dulce garabato de luz. La pócima afiebrada donde descansar unos ojos entrecerrados por el resplandor de los fuegos artificiales. Lentamente caen los pétalos de neón, una vez explotado el principio del cuento. Algo sube a toda prisa, como si no hubiera tiempo para perder. Cuando llega al punto más alto, el impacto es un abrazo fugaz. Parece que todo va a quedar iluminado para siempre. Una ilusión hermosa, imposible. Las luces se derraman sobre el cielo en una cascada espesa, rojas como un corazón en llamas. Sin otro espasmo que enhebrar, prisioneras de un destino de sabor metálico, se apagan. El manto negro del cielo en Pueyrredón una noche de abril vuelve a cubrirlo todo.
Cabalga sobre mi pescuezo el manto oscuro de la noche
allá afuera el pastizal incendiado vigila la nada enorme
son árboles frutales las ausencias, las huelo a distancia
la piel se me despega de la carne y la miro irse lejos
es mi traje huyendo al horizonte, en busca del fuego
quema la madera y ahuyenta lejos los mosquitos
de los asustados supe no tener miedo de lo invisible
pero es que a veces me olvido de todo lo que aprendí.
Tuve un mal día
pero encontré por azar
dos cosas: una boca mestiza
y un libro de Juan Gelman.
Los llevo ahora como amuletos
hacia la patria de lo desconocido.
Tengo pies para irme
aunque quedarme quiera cada día.
Tengo manos para torcer
el destino es un garabato hostil.
Tengo palabras de fuego
y para qué existen sino para incendiar.
Entre mi dedos hundidos en la tierra húmeda
y los filamentos espesos de la luna violeta
existen todavía tantas espaldas, tanto vino
tanto amor escondido que caigo redondo.
Tuve un mal día pero
llevo el alma en la punta de la lengua
hoy que la laxitud es reina triste
la apasionada mixtura es revolucionaria.
Cómo hizo la trama para dar ese giro
y dejarnos al borde del lago sorbiendo té.
Las olitas llegaron a nuestros pies cansados
una y otra vez el pulso de la mañana flotó.
Allá iban los veleros rumbo a un cielo rosa
parecía que los días nunca terminaban.
Hasta tuvo el abrazo que partirse todo
el azar es encontrarse, escribiste, y lloré.
A bordo de un bondi mágico y soñador
me hundo en los pensamientos.
Los terrenos baldíos se suceden en la ventana
mientras paso cerca de tu casa y pienso
en cuánto me gustaría bajarme, tocarte el timbre,
verte la cabeza asomada por la ventana para
tirarme las llaves que impacten en la superficie
lunar de tu barrio una tarde de calor.
Sin embargo, paso de largo;
sigo rumbo a otra hoguera
en la que un sinfín de huesos
abren la puerta para lubricar
el engranaje del olvido.
Quedate a brindar una noche más total
ya será la distancia la melodía de este cuento
escrito en el puño de mi camisa gastada.
A cada paso que damos, un tropezón.
Así es el tiempo que oímos toda mañana al recobrar el aliento y refugiarnos contra las guerras allá afuera. Son espacios atronadores, los besos. Parecen bombas que sanan, cuchillos que surcen, mentiras esclarecedoras.
Pero no: hay un lugar entre espejos para entender, de una vez y para siempre, que la insurgencia cotidiana se milita mucho más que cualquier tristeza.
Sólo en un fragor, entre las llamas, nace el principio de la victoria.
Crucé la medianera cubierta de polvo
que fue un corazón estos años
ladrillo por ladrillo se erigió
entre este cuerpo y los demás
al cuidado de ataques sucios
de la vida abierta de par en par.
Pero sin notarlo salté y caí
del otro lado hay una selva
tupida y regada de olores profundos
enredado a veces camino, saco cayos
de buscarte entre el ruido del agua.
Ahora que estás lejos pienso
en los días que pasamos ajenos
al murmullo incesante del mundo
y nuestros dedos tejieron nudos
con los hilos unido viaja mi amor.
Espero te llegue entre los pasos de hoy.
Oro líquido emplean los silbadores
aunque desprevenidos, cómicos cuentos
fantasean una noche de calor y oprobios.
Casi cortaderas las manos de piedra
para dibujar un concepto desatinado
con los labios sin sonido que croar.
De guerreros antiguos fue la historia
antes de dormir sobre unguentos de ayuí
entonces los dolores se apagan. Palabra.
Cachalotes rosaditos juegan paddle
la ventisca sopla todavía en la madera
antes de pie la raíz colmaba la tierra.
Más tarde giran su alma bajoluz amarilla
la danza gota a gota y la luna llena
se refleja contra el vidrio del parripollo.
soy un satélite en el cielo
firmamento tupido de sombras y de mar;
orbito en torno a un planeta errante
caudal diurno e imposible, guerra sin armas,
cuero sin curtir, amor sin bordes,
manantial seco pero profundo.
si algo podría ser para vos, pienso:
un faro en la niebla
una canoa flotante
sobre los días que se diluyen en el miedo
una huella apenas visible entre el follaje
carne tierna para el alimento de unos perros
de buen corazón.
El agua donde floto:
tierra estanca diluida en sonidos
de un monte cerrado y duro
poblado de cantos de bichos ciegos.
Un cuchillo entre dientes falsos
doble filo del temporal enorme
en el delta de unos besos líquidos;
remo suave, a un lado y al otro
sin otro destino que el de irme.
Juncos flexibles para una despedida
que se desliza, atiborrada de humedad.
Revuelto como un monstruo
agita vagamente sus alitas
al encuentro de la duda terca
amasijante de toda gravedad
pionera en la escuela de la tos
un somellier de portafolios
tarado por la misma educación
sentimental de los hombres
siempre prestos a violentar
chispas del mundo, tentáculos
como un par de alitas rotas
aún intentan, no sin calma, volar.
En mi amplia frente caben tres piedras
una por cada divina comedia de enredos
en cuyos guiones alunicé la sonrisa tibia
para apagar las fauces de un volcán malo
el segundo exacto previo a su erupción.
Tres piedras caben en la frente de Juan
y yo que hasta ese momento no lo sabía.
Son tres y se apoyan con elegante frenesí
una por cada día arbolado, a la sombra
fresca y sabia de las acacias en mi camino.
Piedras ovaladas que ejercen leve presión
sobre una cabeza cansada de mucho rodar
al tope de un esqueleto que divagó mal.
La acción de los días lima sus puntas en tanto
mi frente se alfombra para un baile sorpresa.