En la idea emerge una mano
en la mano baila una herida
en la herida anida una tormenta
en la tormenta cabalga un corazón
en el corazón danza un malambo
el gaucho acuchillado
aquella noche de verano
en una pelea de borrachos.
En la idea emerge una mano
en la mano baila una herida
en la herida anida una tormenta
en la tormenta cabalga un corazón
en el corazón danza un malambo
el gaucho acuchillado
aquella noche de verano
en una pelea de borrachos.
En el sueño
otro rostro
en un mismo cuerpo
rayos de recuerdos
ojos luz
un mensaje
tan claro y fugaz
que casi se va
filoso lo atrapé
en mi mano y sin leerlo
guardé en un bolsillo
del mameluco gastado
palabras impresas
páginas leídas hace tiempo
arrasadas por el olvido.
Hoy despierto
encontré el bollo
en un sótano
de mi cabeza volada:
"Cargás tu pena
pero podés tirarla.
No vas a sobar
esta pena por siempre"
Torpemente
estiro los dedos
ante el principio
de la lluvia; besos
de una humedad densa
envuelven toda acción
esta mañana y busco
distinguir flor de tedio
golpeo pisos pantanosos
con pies de caracú.
Bebo el sol
con todo el algoritmo
del corazón.
Rebalsado de ganas
de veras desnudo.
Ojos en la nuca y al fin, pincelado
el cantar palaciego al caer la noche
encierra un enigma el techo húmedo
del cuarto de pensión suburbana
donde pliegues finos empaquetan
mi mirada perdida en los pensamientos.
Si tuviera un deseo hoy
sería el río calmo a mis pies.
Un cortejo de peces finos
en una danza sugestiva
dicen un mensaje cifrado
ante la mirada atónita
de los pescadores.
Si tuviera un deseo hoy
sería el leño ardiente.
En medio de mi pecho seco
para descomprimirlo todo
y colocarme algo liviano
cada vez que invoco
dioses extraños.
Si tuviera un deseo hoy
sería un cáctus suave.
En mi cama cada mañana
para abrazarlo hasta reventar
y bañarme de su agua vieja
lavar mis penas en su filo
para siempre.
Si tuviera un deseo hoy
sería desear solamente todo
lo que pueda tener.
En medio de tanta guerra
sentir es una fiesta difícil
un zapato en la piedra
láminas de aire duro
envuelven cada esqueleto
que piso en el andar
peliagudo al enderezarme hoy;
Por la mañana: todo momento
es el de ensoñar para sorber
explosiones ricas en amor.
Yo las traigo hacia acá porque
nunca se sabe nada en el mundo
aún menos en medio de tanta guerra.
Ya quisiera yo
de una vez por todas quemar
la basura circundante
con un fuego que abrace
todos los ojos que nos vieron
caminar.
Darles mecha
y quedarme solamente
con las tres o cuatro cosas
importantes para siempre
tener alimento en la barriga
enjuta.
Ya querría
no tener que remachar
ni remendar ni emparchar
unas alas que agitan el viento
sino quemar: dar un humo
dulce.
Volvería sobre
carcajadas y papeles arrugados
en los que, aterrado, dibujé
un garabato hermoso, compuesto
de unas canciones con deformada
alegría.
Pero ahora
tanto abanico, se agolpa
apalabrado sobre mis huesos
y hoy la liviandad garpa más;
son recuerdos que ya no necesito
ver.
Están acá
impresos a fuego y sangre
como trompos giran poderosos
en las lomas suaves que remonta
un gusano sereno, infatigable
ayer.
Traeme una piedra
limada por el sol y la nieve
extraída con tus manos precisas
de la orilla de tu deseo acuático.
Traeme una piedra
arrancada de su hábitat natural
para viajar a la ciudad en mochila
perfumada con tus cosas, para mi.
Traeme una piedra
aunque pese un millón de años
impregnados en la superficie volcánica
de las mañanas que todavía no están acá.
Traeme una piedra
porque no puedo más que pedir
algo de verdad, un manantial turbio,
la caravana que sigo desde que te ví.
Traeme una piedra
así la apoyo entre mis días
para tener algo tuyo que sea insoluble
y a estos papeles no se los lleve el viento.
Traeme una piedra
un souvenir rústico e informe
que atraviese los años por venir
y surfee las mareas violentas que yo sé.
Traeme una piedra
y si tengo que romperme hoy
la busco entre las otras piedras
que demarcan mi camino transparente.
Traeme una piedra
porque este vuelo en hamaca zarpó
y necesita de un ancla para aterrizar.
Cada vez que suenan palabras
de una boca toda puesta en vos
arden los papeles, chicha la calma;
capas finas de hojalata, finura oxidada,
-en las que, como cebolla, me guardé-
trocan por aire, sumerjo al vacío
y llegan pulsudas las partículas de la vida:
el frío, el calor, la memoria, el olvido
todo en el mismo instante; no entiendo
si es un lenguaje desconocido del amor
o sólo palabras unidas entre sí
por un hilo invisible que debo cortar.
La raíz está creciente los días de vos
caminando sobre el aire quedo después
en ese espacio sin tiempo soy un papel de mar
y la tierra se cubre de un manto de arena
que piso al bajar del cometa donde me dejás.
Cuando estalló el cometa sin nombre sobre mi caparazón yo estaba en otro mambo. Fue una lluvia de un millón de migajas prístinas, baño de chispas sobre un cascoteado corazón que dió miedo y ganas de morir a piedrazos en la cabeza: todo al mismo tiempo.
¿Cómo empinar esa cuesta hoy cuando, atávico, busco refugio seguro donde pega el sol? Cerca del río hay agua para la sed, hierbas para el dolor y piedra para el camino.
Ahora que la tierra parece detenida y la noche titila infinita acá arriba como si para siempre no fuera un oxímoron triste, sólo es posible esperar la llegada de un día más, repleto de espinas y de misterios, como un piquillín.
No estoy, vuelo:
tengo fuego en las manos
y resbalo como kamikaze.
Corazón satinado por un loco frenesí
que entró como hormiga al hormiguero.
Salí campeón de nuevo y doy la vuelta
en el hemisferio sur, para nunca más volver
al mismo lugar; me pican los pies de las ganas
me salgo jactancioso y pueril de la vaina
mientras curto mimos del mismísimo cielo.
Si estaba dormido, sedado, silenciado
es que fui acaparado por caracoles
y surtido de golpes que hicieron de mi piel
un cuero duro; más abajo del metal
y de la hojarasca
todavía hay un peluche.
En la calle cantaste
y en la calle te fuiste a morir.
No encuentro forma más certera
de convertir a la muerte
en un hecho artístico
en un hecho político.
Me enseñaste:
que la palabra no puede ser
jamás cooptada por la tibieza
ni por el conformismo
por el contrario debe
disparar alaridos, ásperos
y también dulces, cada vez
que sea posible.
Palo.
¿Pasó un avestruz
o es mi estómago que ruge
al templarse con la tarde
en una tibia caída invernal?
Galopa sobre alfombra pampeana
suave tapiz para aquellos pasos
que no di todavía;
ruedan estas manospiés
en un desplazamiento cuadrúpedo
sediento de la espuma dulce
que un mar apoya delicado
luego de cada explosión
como recado antiguo
y terrenal, al otro lado
de las dunas.
Borde de ciudad, suburbio somnoliento
Cielo grande de Pueyrredón.
Línea Mitre, Retiro - Suárez
Moneda en el aire gira
Cara centro, periferia ceca
Perros sueltos y bicicletas sin atar
Jubilades beben a sorbos el sol
en patios antigüos de caserones
erguidos sobre arroyos que entubados
corren bajo sus pies de parsimonia.
Viejo bar de esquina, poca gente bebe café
Es jueves por la tarde y a nadie le importa
el 110 baja Artigas en su vuelo rasante
sobre la ladera de un volcán inactivo.
Humo de flores flota dulce, en una brisa se va
y el día cae hacia el oeste, los limoneros
maduran en la calle Curupaytí;
sentado en mi oficina móvil los miro
balancearse en el momento justo
a punto de caer.
El sonido del mar
a lo lejos
el pinar que se mece
al compás del viento
bajaste calles de arena
y de sal, cada mañana
en la cara te golpearon
los siglos de historia
montados en navíos brutales
portaaviones fantasma
cargueros contrabandistas
balsas de fugitivos.
En cada piedra
una historia
limada por el tiempo
imantada de vidas
traídas por el mar
desde mundos posibles.
En las olas
y su impacto eterno
sobre la orilla
de vos, encontraste
el beso húmedo
violento
que te acomodó
los huesos:
Juan.
Ensombrecidos están los caminos
bajo grandes copas de verdes gomeros
se recortan sobre un fondo blanco
con ruido casi celestial, traje a medida
del olvido, pilares sobre los que se yergue
pulcra e incólumne la mañana fría
de un junio nuevo
El sol nos vuelve a acariciar cada mañana
y es impensable que algún día se vaya a terminar la vida.
No hay manera de entender los finales
más que como un capítulo efímero de un cauce eterno.
Aunque la razón, cabezadura por miles
ostensiblemente argumenta: cada día es un día y nada más.
Los estrellados copos, nieves del tiempo
platean los pensamientos dibujados sobre la tierra que esparzo.
¿Hay puentes que unen la lucha por todes
con la cotidiana puja para que la coraza -necesaria-
no me congele el corazón?
Yo creo que sí
gracias a vos
Paco.
¿Son aquellas calandrias las cantoras
de un repertorio cruel al amanecer
cuando el sol filtra sus rayos tenues
a través de unos pensamientos raros
que se me enriedan entre uno y otro día?
El tiempo es un vacío laxo que se estira
hasta volverse el espacio donde rebota
el eco de las palabra nunca dichas.
¿Es el dolor un idioma traducible
en alguna de las formas del amor
si es que tiene límites y contornos?
Otra tarde cae hacia el frío de junio
bravo como lento, de hostilidad suave.
Me acurruco como un gato de departamento.
Tengo listo el principio activo
lo produje en una planta frondosa
de mi Garín personal.
Tongo sabroso que es módico veneno
para denuncia serial de gorila industrial.
¿Cuál discurso emusiona mejor tu caldo,
corazón de melón? ¿Antitodo antinada
antienfermedad antifaz antinomia
antillas antiluna, antílope, anticuado?
No llamaré más a tu puerta, destino,
las pocas veces que abrís, pensás que soy
algún otro sabandija más avispado.
El tiempo abre surcos en mi cuero ajado
líneas delgadas y sinuosas como ríos
cruzan barrios de piel, montes capilares
hondamente cada mañana esparce dolor fino
lo acuno trabajoso: intento hacerme amigo.
Aquellas tardes anochecen más de la cuenta.
Llevo por manos rocas, explotadas de minerales
nunca antes nombrados ni usados para extraer
elemento alguno capaz de generar una energía
renovable en las vísperas de un knockout dulce.
Inminentemente viene el norte, ponzoñozo hechizo,
aunque lo beberé presuroso en plan de fuga hacia.
Si es que el verano tiene corazón
-trompo hecho de tiempo que una vez
y otra vuelve por siempre-
allí poso mi cuerpo ingrávido
toda vez que aparecen en mi recuerdo
tus clavículas bonaerenses.
En simultáneo: el pueblo en siesta
sumido en un lapso sin tiempo
guarecidas las personas y alimañas
del castigo del calor y del aburrimiento.
Por la rendija de la persiana vieja
filtra un sol serrano y suave
como la bruma al cubrir un puerto
donde chocan las olas y los barcos
a la vez que un cantinero gordo
en un bar de dársena
sirve otra ronda de whisky.
Mientras, mis dedos como gotas
de un líquido espeso ruedan
sobre los campos minados
de tus piernas nuevas y abiertas
hacia un futuro inmediato
cargado de sudor y pelos de gato.
Estoy sentado al pie del árbol
donde la Pampa termina
El río a mi lado mece calmo
su tapiz líquido de terciopelo marrón.
Al amparo de su arrullo
canción de cuna antigua
vengo a lavar mis penas
mientras se confunde un rumor
de tonadas extrañas y gritos sordos
son familias de pescadores, ahí abajo.
Como detenidos en el tiempo
toda la tarde sobre el borde
a ver si pica.
Socavar es un verbo.
Pero cuando están en derredor tus manos
puede ser tan sólo un prudente gesto
de uno o dos párpados vencidos
por sueños viejos que como vapores
de alcohol flotan un centímetro sobre
tu cabeza al dormir la pequeña muerte
adolescente de doce horas corridas
en un colchón suave de cascabeles
atados a las alas de un colibrí triste.
De poder ser,
sería junco de río.
Aferrado a un fondo barroso
de cuerpo flexible y permeable
al vaivén de acordeón que acarician
sus manos de agua dulce.
Si se va o si se llega
poco importa
de haber un camino
lo deseo vacío
sediento de pasos
sobre charcos de lluvia
barrio de periferia
juntura de campo y ciudad.
Ola improbable
que sin embargo
deviene en nosotres.