Están rompiendo el piso
en el departamento de arriba.
Están rompiendo el techo
en el local de abajo.
Mientras tanto yo rompo
todo acá adentro mío.
Todas las veces que te miré fueron de verdad
aunque hubiera una mosca en la sopa
a pesar de los nubarrones allá arriba
por más que la humedad nos arrebatara
siempre fue de verdad, saber de vos
quererte y hacerte mal también al querer
verte entera y rota otro día, mimarte
darte mis verdades en las manos
mostrarte mis heridas mal cosidas
tratar de entender tu historia
sentirme parte de la trama, una coda
un quiebre narrativo, un nudo más.
El tiempo nos pasa de costado
como un tren fantasma sin saber
si viene o si va, porque así es
como se hacen todas las cosas.
Hoy que leo tus palabras
otra vez, despupés de años
rememoro ese deseo feroz:
nos dio una hija y un hogar
Nunca te quise lastimar
mi amor es de verdad
se transforma y espero
verte feliz otra vez.
Quién no tuvo esos años
en los que las manzanas
cayeron verdes al suelo
antes de madurar?
Quién no se fagocitó
toda la carne viva
cada mañana al despertar?
Quién no rascó su piel
hasta brotar la sangre
sin notarlo todavía?
Quién no caviló cada paso
quién no detestó su sombra
quién no danzó con fantasmas
ni palideció ante su reflejo
en una ventana al azar?
Después de todo no es grave:
Pequeñas muertes anteceden
otros nacimientos vienen
cargados de futuro como un arma
dispuesta para nueva guerra.
Sobre el manto negro del cielo de Villa Pueyrredón la noche dibuja un dulce garabato de luz. La pócima afiebrada donde descansar unos ojos entrecerrados por el resplandor de los fuegos artificiales. Lentamente caen los pétalos de neón, una vez explotado el principio del cuento. Algo sube a toda prisa, como si no hubiera tiempo para perder. Cuando llega al punto más alto, el impacto es un abrazo fugaz. Parece que todo va a quedar iluminado para siempre. Una ilusión hermosa, imposible. Las luces se derraman sobre el cielo en una cascada espesa, rojas como un corazón en llamas. Sin otro espasmo que enhebrar, prisioneras de un destino de sabor metálico, se apagan. El manto negro del cielo en Pueyrredón una noche de abril vuelve a cubrirlo todo.
Cabalga sobre mi pescuezo el manto oscuro de la noche
allá afuera el pastizal incendiado vigila la nada enorme
son árboles frutales las ausencias, las huelo a distancia
la piel se me despega de la carne y la miro irse lejos
es mi traje huyendo al horizonte, en busca del fuego
quema la madera y ahuyenta lejos los mosquitos
de los asustados supe no tener miedo de lo invisible
pero es que a veces me olvido de todo lo que aprendí.
Tuve un mal día
pero encontré por azar
dos cosas: una boca mestiza
y un libro de Juan Gelman.
Los llevo ahora como amuletos
hacia la patria de lo desconocido.
Tengo pies para irme
aunque quedarme quiera cada día.
Tengo manos para torcer
el destino es un garabato hostil.
Tengo palabras de fuego
y para qué existen sino para incendiar.
Entre mi dedos hundidos en la tierra húmeda
y los filamentos espesos de la luna violeta
existen todavía tantas espaldas, tanto vino
tanto amor escondido que caigo redondo.
Tuve un mal día pero
llevo el alma en la punta de la lengua
hoy que la laxitud es reina triste
la apasionada mixtura es revolucionaria.
Cómo hizo la trama para dar ese giro
y dejarnos al borde del lago sorbiendo té.
Las olitas llegaron a nuestros pies cansados
una y otra vez el pulso de la mañana flotó.
Allá iban los veleros rumbo a un cielo rosa
parecía que los días nunca terminaban.
Hasta tuvo el abrazo que partirse todo
el azar es encontrarse, escribiste, y lloré.
A bordo de un bondi mágico y soñador
me hundo en los pensamientos.
Los terrenos baldíos se suceden en la ventana
mientras paso cerca de tu casa y pienso
en cuánto me gustaría bajarme, tocarte el timbre,
verte la cabeza asomada por la ventana para
tirarme las llaves que impacten en la superficie
lunar de tu barrio una tarde de calor.
Sin embargo, paso de largo;
sigo rumbo a otra hoguera
en la que un sinfín de huesos
abren la puerta para lubricar
el engranaje del olvido.
Quedate a brindar una noche más total
ya será la distancia la melodía de este cuento
escrito en el puño de mi camisa gastada.
A cada paso que damos, un tropezón.
Así es el tiempo que oímos toda mañana al recobrar el aliento y refugiarnos contra las guerras allá afuera. Son espacios atronadores, los besos. Parecen bombas que sanan, cuchillos que surcen, mentiras esclarecedoras.
Pero no: hay un lugar entre espejos para entender, de una vez y para siempre, que la insurgencia cotidiana se milita mucho más que cualquier tristeza.
Sólo en un fragor, entre las llamas, nace el principio de la victoria.
Crucé la medianera cubierta de polvo
que fue un corazón estos años
ladrillo por ladrillo se erigió
entre este cuerpo y los demás
al cuidado de ataques sucios
de la vida abierta de par en par.
Pero sin notarlo salté y caí
del otro lado hay una selva
tupida y regada de olores profundos
enredado a veces camino, saco cayos
de buscarte entre el ruido del agua.
Ahora que estás lejos pienso
en los días que pasamos ajenos
al murmullo incesante del mundo
y nuestros dedos tejieron nudos
con los hilos unido viaja mi amor.
Espero te llegue entre los pasos de hoy.
Oro líquido emplean los silbadores
aunque desprevenidos, cómicos cuentos
fantasean una noche de calor y oprobios.
Casi cortaderas las manos de piedra
para dibujar un concepto desatinado
con los labios sin sonido que croar.
De guerreros antiguos fue la historia
antes de dormir sobre unguentos de ayuí
entonces los dolores se apagan. Palabra.
Cachalotes rosaditos juegan paddle
la ventisca sopla todavía en la madera
antes de pie la raíz colmaba la tierra.
Más tarde giran su alma bajoluz amarilla
la danza gota a gota y la luna llena
se refleja contra el vidrio del parripollo.
soy un satélite en el cielo
firmamento tupido de sombras y de mar;
orbito en torno a un planeta errante
caudal diurno e imposible, guerra sin armas,
cuero sin curtir, amor sin bordes,
manantial seco pero profundo.
si algo podría ser para vos, pienso:
un faro en la niebla
una canoa flotante
sobre los días que se diluyen en el miedo
una huella apenas visible entre el follaje
carne tierna para el alimento de unos perros
de buen corazón.
El agua donde floto:
tierra estanca diluida en sonidos
de un monte cerrado y duro
poblado de cantos de bichos ciegos.
Un cuchillo entre dientes falsos
doble filo del temporal enorme
en el delta de unos besos líquidos;
remo suave, a un lado y al otro
sin otro destino que el de irme.
Juncos flexibles para una despedida
que se desliza, atiborrada de humedad.
Revuelto como un monstruo
agita vagamente sus alitas
al encuentro de la duda terca
amasijante de toda gravedad
pionera en la escuela de la tos
un somellier de portafolios
tarado por la misma educación
sentimental de los hombres
siempre prestos a violentar
chispas del mundo, tentáculos
como un par de alitas rotas
aún intentan, no sin calma, volar.
En mi amplia frente caben tres piedras
una por cada divina comedia de enredos
en cuyos guiones alunicé la sonrisa tibia
para apagar las fauces de un volcán malo
el segundo exacto previo a su erupción.
Tres piedras caben en la frente de Juan
y yo que hasta ese momento no lo sabía.
Son tres y se apoyan con elegante frenesí
una por cada día arbolado, a la sombra
fresca y sabia de las acacias en mi camino.
Piedras ovaladas que ejercen leve presión
sobre una cabeza cansada de mucho rodar
al tope de un esqueleto que divagó mal.
La acción de los días lima sus puntas en tanto
mi frente se alfombra para un baile sorpresa.
La soledad no es un mal sentimiento;
es como las ramas de un árbol viejo
en el instante inmediatamente posterior
al abandono de una bandada de pájaros.
El espacio vacío se puede ver claro;
es un contorno fugaz que se desdibuja
con el paso de los días un poco más
mientras aún el ruido seduce al silencio.
El viento lima los picos del alma
dibuja curvas, caminos, huecos firmes
donde posar cada palabra nunca dicha.
El atardecer cae denso sobre balcones
y un ulular a lo lejos semeja sirenas
al rescate de mí, hoy que el año termina.
Cada año que pasó miré ese camino
pero nunca me animé a tomarlo.
Se abre al costado de la ruta principal:
tierra, barro, irregularidades, alimañas
y un destino incierto en el horizonte.
Esta vez voy a llegar de a pedazos
como se arriba a un puerto deseado
después de una travesía atolondrada.
Te veo en cada paso que doy desde siempre
enroscado en la mirada fiera del espejo.
Voy a llegar, te lo prometo, esperame.
Nunca hablé tan en serio, Macedo.
Sobre la ribera de Quilmes está tu casa
llego hasta la puerta luego de caminar días
como quien vuelve de una batalla perdida
lamiendo heridas, soltando pájaros
bajo la lluvia ácida de diciembre;
entre carros enclenques de pescadores
juncos y pajonales, calles de tierra mojada
doy los últimos pasos con fuerza ciega
sé que me espera el cielo estrellado
de las noches de verano en tu casa
sobre la ribera de Quilmes.
De tu piel de durazno
brotó el cardúmen de mis besos ocultos bajo el matorral menguante que lloré.
Tuve miedo que el derrame cremoso de los días de vos me ahogase para siempre.
Nunca jamás podré integrarme al estanque verde que culmina.
Con tu tristeza puedo hacer
un poema fiero, un cuento breve.
Mojar los pies en el río
verlos brillar bajo el agua
alumbrados por un sol delirante.
Puedo atiborrarme de un hilo tenso
que me corte la piel dura
clavar un dedo en la tierra
y esperar a que algo brote.
Puedo beber tus lágrimas
picantes en un gin tonic.
Domesticar mi esperanza.
Alimentar el miedo.
Comer mucho y mal.
Dormir entrecortado.
Inventar una canción
que hable de cada día
que pasé mirando la piel tuya
cavilar estremecida de deseo
y de cómo entonces, deslomado,
estallé en mil pedazos.
Puedo quedar tumbado días
sin poder sacar la basura.
Soplar una pestaña de tus ojos nevados.
Lo que no puedo es surcir mis heridas
hasta reventar de ganas tiesas
como alguna vez soñé entre tus brazos
bajo el suave resuello de un ventilador.
El peso inexacto del amor
se mide con los ojos en llamas
atados a la línea del horizonte
inyectados de sangre azul;
Tanto fue un vendaval
y volaron todos los papeles
el día que acaricié algo suave
debajo de un río de piedras.
¿Dónde están
los trajes de seda
la parla aceitada
la pelambre tupida
dónde están
ahora que volamos
sobre la cúpula verde
que corona el recinto
Dónde están
les carasucias les cabezas
la tarjeta postal amarilla
en la que me escribiste
los vaivenes de tu amor
Dónde están
aquellos besos de manzana
verdes como una hamaca
paraguaya en degradé
Dónde fue
la tristeza dulce
con la que me miraste
en la puerta del cine?
Siguen cayendo los dedos de mi mano
sobre cada ojo mocho, salados de mar,
aún después de diez caen todavía
cuando tapo el sol y a contraluz son gajos
de mandarinas que comí en el invierno
para dejar de oler el perfume acorazado
que llevan los recuerdos de lo que nunca fue.
Todo ocurrió
en ese instante:
salió del baño
en leve minué
oliendo a volcanes
envuelta del aire
húmedo y sensual
de Río de Janeiro.
En la idea emerge una mano
en la mano baila una herida
en la herida anida una tormenta
en la tormenta cabalga un corazón
en el corazón danza un malambo
el gaucho acuchillado
aquella noche de verano
en una pelea de borrachos.
En el sueño
otro rostro
en un mismo cuerpo
rayos de recuerdos
ojos luz
un mensaje
tan claro y fugaz
que casi se va
filoso lo atrapé
en mi mano y sin leerlo
guardé en un bolsillo
del mameluco gastado
palabras impresas
páginas leídas hace tiempo
arrasadas por el olvido.
Hoy despierto
encontré el bollo
en un sótano
de mi cabeza volada:
"Cargás tu pena
pero podés tirarla.
No vas a sobar
esta pena por siempre"