De poder ser,
sería junco de río.
Aferrado a un fondo barroso
de cuerpo flexible y permeable
al vaivén de acordeón que acarician
sus manos de agua dulce.
De poder ser,
sería junco de río.
Aferrado a un fondo barroso
de cuerpo flexible y permeable
al vaivén de acordeón que acarician
sus manos de agua dulce.
Si se va o si se llega
poco importa
de haber un camino
lo deseo vacío
sediento de pasos
sobre charcos de lluvia
barrio de periferia
juntura de campo y ciudad.
Ola improbable
que sin embargo
deviene en nosotres.
Es primavera, y el llorar de las tipas
detona mi alegría húmeda, potaje blando
en derrame casual sobre Alvarez Thomas.
Es lo que soy, y no me arrepiento de todo.
Crepó la medialuna del silencio, anochecita
nomás; el ruido temprano saturó las clavijas
pero sobrevino una calma bulliciosa de vos
cuando una foto -algo hippie- se proyectó.
Hasta diez mil conté en grito peludo, flama
aturdida; el pestillo de mis recaudos en pausa.
Oscurelli y panzallena un marinero en bicicleta
fui esa noche en que sobre Abasto alunicé.
Cantame una canción de sofá cama, primavera;
afuera es todo aroma a jazmín dulce y triste
y no son horas de olvidarse en la calle el corazón.
Con un caldo de porvenir quiero hervir, hueso
flotante, y bañarme en esa savia de cielo y ciudad,
entregado de pleno coco a un deseo sinrazón.
Un suspiro limeño acompasa el tiempo mientras
cabildeo la peregrinación hacia un mar de fuegos;
cremoso y dominguero, acribillado con besos torpes
me corto un destello al picar cebolla, por distraído.
Trastes tristes truecan tres trompas de elefante
o al menos así decodifico el susurro del viento
cuando fiero irrupme en el living, guaso y chacal;
armo un cardúmen de mis manos y el gualicho se va.
Condominio delimité al quemar las naves
sinfín con lucro en materia de amor
calidez especial, cáctus noble de abrazar.
Absurdamente apacicigué mi mirada
altanera derramaba su ataviado candor
mas otro mañana construyo lento al cantar.
Una familia canta un felizcumpleaños apócrifo
en un parque suburbano en torno a un niño sonriente;
Un balcón vacío mira hacia adentro de un salón
destartalado, brillante escenario de antaño
para mariachis y cantoras; un triciclo rueda
sin conductor, por inercia o quién sabe
qué fuerza extraña lo impulsa, gatos miran tiesos
la juntura de techo y pared; una señora peluquea
las plantas en vivero de barrio, raíces viejas
enterradas hondo en calles que fueron de barro
y piedra de un pueblo llamado "El Talar"
habitado por cazadores de eucaliptus
e imitadores del zorzal, restos caen como gotas
hacia un río revestido de hormigón.
A bordo de un ómnibus de larga distancia
destartalado y maloliente -¿qué importaba?-,
atravesaba un desértico campo provincial
en el noroeste; en mis manos un reproductor
de mp3 desde el que partieron tus canciones:
"Todo lo sólido se desvanece en el aire".
Venía yo de haber amado, temido, partido,
tanta juventud a cuestas como ausencia de palabras
permeables de ubicar la emoción en sitio honesto,
recuerdo como mi cabeza, literalmente, se abría
y atrás quedaban el tiempo y los mojones ruteros.
Supe entonces que algo en mí había cambiado
para siempre.
Soy un tero tropical de la mañana,
deformado por el azar y ataviado en derredor;
un calígula espeso y tántrico con el fuego,
tan mineral que amasija; paso el peine
por los días y la pregunta por qué es todo esto
me asalta en la mirada: señuelo poderoso,
altanera esta orfandad bolacea hasta el cansancio,
planicie donde encontré un conchabo para saldar
mis deudas con el amor, una caja de sorpresas,
un traspié multicolor,
cuatrero en altamar:
qué plato.
Cada vez más sumerjo en esas ollas
donde la carne se me tostó varios veranos
sonrío clueco, dorada al sol crece mi cresta
enmarañada de piquillines, un cauce crecido
aunque lento trae piedras de las altas cumbres
cargadas de eléctricas leyendas susurradas
por jotes y chiflones al planear bajo ante mis ojos
entreabiertos, y conversamos.
Una tarde de enero en las sierras de Córdoba.
"¡Sayonara idiota!" gritó el ponja Luis
desde la tintorería Tres Marías
en una esquina de Florida Oeste
aquella tarde de verano con ochenta grados
a la sombra de un naranjo.
En un pase de magia del destino
crucé volando en mi nave, apelmazado,
y mientras contaba el ganado de mi vida
cuatrero lagrimeé la bella melodía;
sentí que estaba en algún rincón
del corazón, mondongo aquel, salado
por las lágrimas de un cocodrilo
habitante de los remotos rincones
del partido de Vicente López.
Llegué con mi último esfuerzo
hasta el límite donde termina la tierra
y empieza tu beso;
estabas aunque oscuro tan diáfano
que no pude sino preguntarme
en voz alta ante la indiferencia
de un pescador solitario:
¿cómo puede un río ser tan ancho
que es imposible ver una orilla
desde la otra?
Sólo vos sos pudiente de
tal atrevimiento, marrón monumento
a la historia que, como ella,
se mueve en constante flujo
de pleamares y bajaríos.
Convergen en vos los sedimentos
milenarios del cono geográfico suramericano
con el cortante frío continetal atlántico
subiente desde el confin sur del mundo,
estuario bravo donde se bañan los dragones,
único cementerio de muertos sin descanso
vivos en los pasos y los carteles, cadáveres
incómodos, capaces de dibujar un futuro.
Aunque la ciudad -que antes bailó con vos
el bolero enamorado de tu aire denso
de terrosa humedad- hoy te de su espalda
me detengo a mirarte en silencio
y me animo a pedirte algo
en secreto porque vos
sos la única deidad
a la que rindo
culto y rito.
Río de la Plata
Dispuesto a zambullir
mi cuerpo baboso de molusco
en la espesura ardiente
de un nuevo té con leche
me asalta repentina acaso una revelación:
Soy un náufrago en la ciudad.
Disfruto de una cruda soledad salvaje
perdido entre la mansedumbre
de un temerosa y citadina multitud
plegada sobre sí como un caracol
en su coraza de olvidar.
Aunque estoy entre estas cuatro paredes
excedidas de yeso, el viento corre
como si fuera yo una roca volcánica
que rueda irregular por la piel húmeda
de un pico cordillerano -¿acaso un seismil
catamarqueño?- bañado por las nieves eternas
que untadas sobre el filo oxidado de su ladera
invitan a asomar mi pescuezo larguirucho
hacia la ilusión insondable del próximo verano.