Una
Gota
Que
Cae
Sin
Hacer
Ruido
Es
Una
Gota
Muda
Un
Mar
Chico
Un
Mar
Mudo
Rueda
Por
Vos
Tus
Tics
Se
Hacen
Gota
Muda
Yo
Me
Hago
Gota
Muda
Al
Rodar
Sobre
Tu
Lomo
Lluevo
In
Can
Sa
Ble
Men
Te.
Una
Gota
Que
Cae
Sin
Hacer
Ruido
Es
Una
Gota
Muda
Un
Mar
Chico
Un
Mar
Mudo
Rueda
Por
Vos
Tus
Tics
Se
Hacen
Gota
Muda
Yo
Me
Hago
Gota
Muda
Al
Rodar
Sobre
Tu
Lomo
Lluevo
In
Can
Sa
Ble
Men
Te.
Hay un pavimento que se desliza ahí abajo cuando lo habito a pasos longitudinalmente lentos, en los momentos en que el sol aún no se anima a dar la cara porque sabe que volvemos ebrios y felices a casa a acurrucarnos en el refugio antiatómico otra vez.
Un pavimento entre innumerables alfombras de brea.
Sólo ese es el que gira hacia atrás: Boulogne Sur Mer al cuatrocientos o quinientos, cuando es sábado de mañana y no hace frío ni calor, ni las aves urbanas violentan los tímpanos con sus chillidos injustificados desde todo punto de vista.
(Boulogne Sur Mer me hace acordar de Mercedes. De las dos. Cada vez que me traslado sobre su superficie son inevitables dos rostros cuatro senos dos pupos veinte dedos en definitiva un monstruito hermoso)
Es la negación de la muerte del barrio: en movimiento decidido.
Entretanto el Abasto se acerca como cuando era de vidrios rotos,
Como cuando era el coliseo del berretín y de los compadres de Valentín Gómez,
y habitábanlo millones de roedores con velas encendidas en tiempos en que nadie ,
al cuidado ritual del cuerpo de Luca.
Llegando a Corrientes... una caña. El tipo pidió una caña.
Me da verguenza reclamar mi vaso de leche fría.
Me alejo hacia Miserere porque el día ya cubre todo hasta mi interior.
Un periodista europeo, de izquierda, por más señas, me ha preguntado hace unos días: “¿Existe una cultura latinoamericana?” Conversábamos, como es natural, sobre la reciente polémica en torno a Cuba, que acabó por enfrentar, por una parte, a algunos intelectuales burgueses europeos (o aspirantes a serlo), con visible nostalgia colonialista; y por otra, a la plana mayor de los escritores y artistas latinoamericanos que rechazan las formas abiertas o veladas de coloniaje cultural y político. La pregunta me pareció revelar una de las raíces de la polémica, y podría enunciarse también de esta otra manera: “¿Existen ustedes?” Pues poner en duda nuestra cultura es poner en duda nuestra propia existencia, nuestra realidad humana misma, y por tanto estar dispuestos a tomar partido en favor de nuestra irremediable condición colonial, ya que se sospecha que no seríamos sino eco desfigurado de lo que sucede en otra parte. Esa otra parte son, por supuesto, las metrópolis, los centros colonizadores, cuyas “derechas” nos esquilmaron, y cuyas supuestas “izquierdas” han pretendido y pretenden orientarnos con piadosa actitud. Ambas cosas, con el auxilio de intermediarios locales de variado pelaje.
Si bien este hecho, de alguna manera, es padecido por todos los países que emergen del colonialismo —esos países nuestros a los que esforzados intelectuales metropolitanos han llamado torpe y sucesivamente barbarie, pueblos de color, países subdesarrollados, tercer mundo—, creo que el fenómeno alcanza una crudeza singular al tratarse de la que Martí llamó “nuestra América mestiza”. Aunque puede fácilmente defenderse la indiscutible tesis de que todo hombre es un mestizo, e incluso toda cultura; aunque esto parece especialmente válido en el caso de las colonias, sin embargo, tanto en el aspecto étnico como en el cultural es evidente que los países capitalistas alcanzaron hace tiempo una relativa homogeneidad en este orden. Casi ante nuestros ojos se han realizado algunos reajustes: la población blanca de los Estados Unidos (diversa, pero de común origen europeo) exterminó a la población aborigen y echó a un lado a la población negra, para darse por encima de divergencias esa homogeneidad, ofreciendo así el modelo coherente que sus discípulos, los nazis, pretendieron aplicar incluso a otros conglomerados europeos, pecado imperdonable que llevó a algunos burgueses a estigmatizar en Hitler, lo que aplaudían como sana diversión dominical en westerns y películas de Tarzán. Esos filmes proponían al mundo —incluso a quienes estamos emparentados con esas comunidades agredidas y nos regocijábamos con la evocación de nuestro exterminio— el monstruoso criterio racial que acompaña a los Estados Unidos desde su arrancada hasta el genocidio en Indochina. Menos a la vista el proceso (y quizás, en algunos casos, menos cruel), los otros países capitalistas también se han dado una relativa homogeneidad racial y cultural, por encima de divergencias internas.
Tampoco puede establecerse un acercamiento necesario entre mestizaje y mundo colonial. Este último es sumamente complejo,[1] a pesar de básicas afinidades estructurales, y ha incluido países de culturas definidas y milenarias, algunos de los cuales padecieron (o padecen) la ocupación directa —
Pero existe en el mundo colonial, en el planeta, un caso especial: una vasta zona para la cual el mestizaje no es el accidente, sino la esencia, la línea central: nosotros, “nuestra América Mestiza”. Martí, que tan admirablemente conocía el idioma, empleó este adjetivo preciso como la señal distintiva de nuestra cultura, una cultura de descendientes de aborígenes, de africanos, de europeos —étnica y culturalmente hablando—. En su “Carta de Jamaica” (1815), el Libertador Simón Bolívar había proclamado: “Nosotros somos un pequeño género humano: poseemos un mundo aparte, cercado por dilatados mares, nuevo en casi todas las artes y ciencias”; y en su mensaje al Congreso de Angostura (1819), añadió:
Tengamos en cuenta que nuestro pueblo no es el europeo, ni el americano del norte, que más bien es un compuesto de África y de América que una emanación de Europa; pues que hasta
Ya en este siglo, en un libro confuso como suyo, pero lleno de intuiciones (La raza cósmica, 1925), el mexicano José Vasconcelos señaló que en
ROBERTO FERNANDEZ RETAMAR
Notas
[1] CF. Ives Lacoste: Les pays sous-deceloppés, París. 1959. esp. p. 82-4.
[2] Un resumen sueco de lo que se sabe sobre esta materia se encontrará en el estudio de Magnus Morner La mezcla de razas en la historia de América Latina, trad., revisada por el autor, de Jorge Piatigorsky, Buenos Aires, 1969. Allí se reconoce que “ninguna parte del mundo ha presenciado un cruzamiento de razas tan gigantesco como el que ha estado ocurriendo en América Latina y en el Caribe (¿por qué esta división?) desde
Ella fue muy dura conmigo: aplastó mi hipótesis naciente mientras bebía sevenap.
Por la ventana del bar, Loria era una boca hambrienta que comía y vomitaba, exactamente cada dos minutos.
Esperaba encontrarla sola... leyendo algo, escribiendo. Incluso, esperaba no encontrarla. Y no hubiera pasado nada, porque me hubiera sentado en una mesa y hubiera pedido un cortado americano. Me hubiera familiarizado con el espacio. Leyendo el Crónica que, doblado sobre la mesa, me hubiera esperado, como yo hubiera esperado porque ella hubiera llegado quince o treinta o treintaycinco minutos después.
Pero estaba charlando con un muchacho. Desde hacía horas, evidentemente, dada la vaciedad de los recipientes que los acompañaban.
Fue una mesa de tres. Recuerdo claramente que se hizo de noche en ese lapso, y que el cortado americano tenía, literalmente, tres colores.
Ella fue muy dura conmigo: aplastó mi hipótesis ¡ay! mi hipótesis naciente,
Mientras bebía sevenap.